Alan Mathison Turing fue un matemático brillante, curioso, poco convencional y profundamente humano que terminó cambiando nuestra manera de entender las máquinas, el cálculo y la posibilidad de que una máquina pueda imitar algunas capacidades de la mente. Nació el 23 de junio de 1912 en Londres, en una familia británica de clase media-alta. Su padre, Julius Turing, trabajaba en el Servicio Civil de la India, por lo que Alan y su hermano John pasaron buena parte de su infancia viviendo con otras familias en Inglaterra, una situación relativamente habitual entre los hijos de funcionarios británicos destinados en el extranjero. Desde muy joven, Turing mostró una extraordinaria facilidad para las matemáticas, la ciencia y la resolución de problemas. No siempre encajaba en el modelo de estudiante aplicado que simplemente seguía las reglas: tenía una imaginación muy particular y una tendencia a buscar soluciones por caminos poco convencionales.
En 1931 ingresó en King’s College, en la Universidad de Cambridge, para estudiar matemáticas. Entre 1935 y 1936 trabajó en uno de los problemas fundamentales de los fundamentos de las matemáticas: el llamado Entscheidungsproblem, o problema de la decisión, planteado en el contexto del programa matemático de David Hilbert. La cuestión, expresada de manera sencilla, era si podía existir un procedimiento general y mecánico capaz de determinar, para cualquier afirmación matemática formulada adecuadamente, si podía demostrarse o no.
Para abordar esta cuestión, Turing imaginó un dispositivo matemático extremadamente sencillo que hoy conocemos como máquina de Turing. No era una máquina física que hubiera construido en un laboratorio, sino un modelo abstracto destinado a representar con precisión qué significa seguir un procedimiento mecánico de cálculo. Su máquina podía leer y modificar símbolos colocados sobre una cinta, desplazarse por ella y seguir un conjunto de instrucciones determinadas. A partir de este modelo, Turing demostró que existen problemas que ningún procedimiento algorítmico general puede resolver. Al mismo tiempo, introdujo la idea de una “máquina universal”: una máquina abstracta capaz de ejecutar las instrucciones de otras máquinas cuando esas instrucciones se codifican adecuadamente. Esa idea resultó fundamental para la informática posterior, porque abrió el camino al concepto de una máquina programable que no está limitada a una única función, sino que puede realizar tareas diferentes dependiendo del programa que reciba.
En 1936 Turing viajó a Estados Unidos para continuar sus investigaciones en Princeton, donde trabajó con el matemático Alonzo Church y obtuvo posteriormente su doctorado. Regresó al Reino Unido en 1938 y, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, se incorporó al organismo británico encargado de descifrar comunicaciones secretas, que tenía su centro principal en Bletchley Park. Allí participó en el esfuerzo destinado a descifrar las comunicaciones alemanas protegidas por las máquinas Enigma.
Enigma utilizaba rotores y otros mecanismos eléctricos que modificaban continuamente la sustitución de las letras, creando un sistema de cifrado con una enorme cantidad de configuraciones posibles. Sin embargo, el sistema no era invulnerable. Turing desarrolló métodos matemáticos y criptanalíticos para reducir el número de posibilidades que debían examinarse y desempeñó un papel fundamental en el trabajo de Hut 8, dedicado especialmente a la Enigma naval alemana. También participó en el desarrollo de la Bombe, una máquina electromecánica diseñada para buscar configuraciones compatibles con determinadas hipótesis obtenidas por los criptanalistas. Es importante aclarar que la Bombe no “descifraba Enigma” por sí sola ni funcionaba como una computadora moderna: automatizaba una parte específica del proceso de búsqueda y permitía realizar comprobaciones sistemáticas a una velocidad que habría sido imposible alcanzar manualmente. Turing trabajó además junto con Gordon Welchman y otros especialistas, y el esfuerzo británico se benefició enormemente de los conocimientos obtenidos previamente por los criptógrafos polacos que habían trabajado sobre Enigma antes de la guerra.
El trabajo de Bletchley Park tuvo una importancia enorme para los Aliados, especialmente en la lucha contra los submarinos alemanes en el Atlántico. No sería correcto atribuir a Turing, individualmente, el resultado de toda aquella operación, porque fue una labor colectiva en la que participaron miles de personas, matemáticos, lingüistas, criptógrafos, ingenieros, operadores y personal militar. Ell descifrado de las comunicaciones alemanas proporcionó información estratégica de enorme valor, especialistas y autoridades británicas han sostenido que este trabajo contribuyó a acortar la Segunda Guerra Mundial en aproximadamente dos años.
En 1948 dejó el NPL y se incorporó a la Universidad de Manchester, donde participó en el desarrollo de la informática y trabajó con las primeras computadoras de la universidad. Pero Turing quería comprender qué significaba que una máquina pudiera comportarse de una manera que consideramos inteligente. En 1950 publicó en la revista Mind su famoso artículo Computing Machinery and Intelligence, en el que planteó una pregunta que todavía sigue provocando debates: ¿pueden pensar las máquinas? En lugar de intentar definir de manera abstracta qué significa exactamente “pensar”, Turing propuso analizar una situación conocida como el “juego de imitación”. En su formulación original, el problema era más elaborado que la versión popular que conocemos actualmente, pero la idea fundamental puede entenderse así: un interrogador se comunica mediante mensajes escritos con participantes cuya identidad desconoce y debe intentar determinar quién es quién. Turing planteó sustituir a uno de esos participantes por una máquina y preguntarse si, mediante sus respuestas, podría resultar imposible distinguirla de una persona. Con el tiempo, esta propuesta pasó a conocerse popularmente como la prueba de Turing y se convirtió en uno de los conceptos más influyentes de la historia de la inteligencia artificial.
Turing también comenzó a investigar una cuestión que hoy puede parecer sorprendentemente moderna: cómo podrían surgir patrones complejos a partir de procesos relativamente simples. En sus últimos años desarrolló una teoría matemática de la morfogénesis, es decir, del modo en que pueden aparecer estructuras y formas durante el desarrollo de los organismos. Estudió matemáticamente procesos capaces de generar patrones regulares en la naturaleza y trató de explicar cómo podían surgir determinadas formas biológicas a partir de interacciones químicas. Este trabajo abrió una línea de investigación que posteriormente tendría gran importancia en la biología matemática.
Turing también tenía una faceta física sorprendente. Era un corredor de fondo excepcional y llegó a alcanzar tiempos que lo situaban cerca de la élite británica de su época. En 1947 consiguió una marca de aproximadamente 2 horas y 46 minutos en maratón, y en 1948 mejoró hasta alrededor de 2 horas y 46 minutos en una competencia de larga distancia, una marca extraordinaria para alguien que no se dedicaba profesionalmente al atletismo.
Entre las numerosas historias que se cuentan sobre la personalidad poco convencional de Turing aparece una muy conocida relacionada con su bicicleta. Se dice que la utilizaba para desplazarse hasta Bletchley Park y que, cuando comenzó a presentar un problema mecánico recurrente, llegó a calcular aproximadamente cuándo tendría que detenerse para evitar que la avería lo dejara tirado.
Otra de las historias más llamativas relacionadas con sus hábitos tiene que ver con una fuerte alergia al polen. Durante la primavera, Turing habría llegado a utilizar una máscara antigás mientras se desplazaba en bicicleta para protegerse de los síntomas de su alergia.
El legado de Turing también está presente en uno de los mayores reconocimientos de la informática. El Premio Turing lleva su nombre y distingue contribuciones de gran importancia técnica a las ciencias de la computación. Con frecuencia se le denomina de manera informal el “Premio Nobel de la informática”, aunque no existe una equivalencia oficial entre ambos galardones. Su prestigio es enorme porque reconoce a investigadores cuyas aportaciones han transformado de manera profunda la disciplina.
Existe también una historia extraordinaria relacionada con el dinero de Turing durante los primeros años de la guerra. Según los relatos sobre este episodio, Turing y su amigo Gordon Welchman compraron lingotes de plata con parte de sus ahorros y los enterraron en un lugar de los alrededores de Bletchley Park. Posteriormente tuvieron dificultades para localizar exactamente el lugar y Turing habría elaborado un mapa codificado para intentar recuperarlos.
Turing también se adelantó a la informática recreativa. En 1948 desarrolló, junto con David Champernowne, un programa de ajedrez conocido como Turochamp. El programa fue concebido para analizar posiciones y seleccionar movimientos siguiendo reglas matemáticas, pero en aquella época no existía una computadora disponible que pudiera ejecutarlo de la manera prevista. Por ello, Turing llegó a realizar manualmente los cálculos necesarios para simular su funcionamiento, un proceso que podía tardar alrededor de media hora por movimiento.
Sin embargo, mientras su trabajo científico alcanzaba una importancia extraordinaria, la sociedad británica lo castigaba por una parte de su vida privada. En 1952 Turing fue procesado y condenado por “indecencia grave”. Para evitar una pena de prisión, aceptó someterse a un tratamiento que provocó efectos físicos y psicológicos importantes.
Turing murió en su casa de Wilmslow, Cheshire, el 8 de junio de 1954, cuando tenía 41 años. Con el paso de las décadas, el tratamiento que recibió fue reconocido oficialmente como una profunda injusticia. En 2009, el primer ministro Gordon Brown presentó una disculpa pública en nombre del Gobierno británico por la manera en que Turing había sido tratado. En diciembre de 2013, la reina Isabel II le concedió un perdón real póstumo por su condena de 1952. Y en 2017 entró en vigor la legislación que posteriormente se conocería popularmente como la “Ley Turing”, mediante la cual miles de hombres condenados por las antiguas leyes pudieron recibir perdones póstumos, mientras que también se establecieron mecanismos para que determinadas condenas de personas vivas pudieran ser eliminadas o ignoradas oficialmente.
Su trabajo contribuyó a establecer los fundamentos teóricos de la computación, ayudó a transformar el descifrado de códigos durante una guerra y abrió algunas de las primeras grandes preguntas sobre la relación entre máquinas, inteligencia y pensamiento. También dejó una investigación pionera sobre la formación matemática de los patrones biológicos. Cada vez que una máquina calcula, aprende, reconoce patrones o se comunica con nosotros, seguimos explorando el territorio intelectual que él ayudó a descubrir.
Referencias: