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¿Qué es la economía circular y cómo funciona?

¿Y si todo puede aprovecharse, transformarse y volver a integrarse al ciclo? La economía circular es un modelo económico que busca inspirarse en el funcionamiento de la naturaleza, donde los recursos circulan y los residuos se reducen al mínimo. A diferencia del modelo tradicional, basado en extraer recursos, fabricar productos, utilizarlos y finalmente desecharlos, la economía circular propone mantener el valor de los materiales y productos durante el mayor tiempo posible. El objetivo es diseñar sistemas más eficientes y sostenibles.

Uno de los antecedentes más citados apareció en 1966, cuando el economista Kenneth Boulding publicó su ensayo La economía de la futura nave espacial Tierra. Su planteamiento era que la Tierra debía entenderse como un sistema con límites físicos y recursos finitos, donde el crecimiento económico no podía depender indefinidamente de extraer y desechar materiales, sino de aprender a mantenerlos en circulación y utilizarlos de manera más eficiente.

Cuando un árbol cae, se descompone y sus nutrientes regresan al suelo. En cambio, gran parte de la economía actual opera de una manera muy diferente: se extraen minerales, petróleo, madera y otros recursos a gran velocidad, se producen bienes que en ocasiones tienen una vida útil limitada, se consumen y después terminan como residuos. Este modelo ha permitido un gran desarrollo económico, pero también ha contribuido al aumento de residuos, la presión sobre los recursos naturales y diversos problemas ambientales.

Este enfoque se apoya en tres principios fundamentales. El primero consiste en diseñar para prevenir residuos y contaminación desde el origen, en lugar de gestionar el problema una vez generado. El segundo busca mantener productos y materiales en uso el mayor tiempo posible mediante estrategias como reparar, reutilizar, reacondicionar, remanufacturar y reciclar conservando, cuando sea posible, su valor y funcionalidad. El tercer principio es contribuir a la regeneración de los sistemas naturales, favoreciendo prácticas que ayuden a recuperar los suelos, reducir la dependencia de recursos no renovables y aprovechar fuentes de energía renovable cuando sea viable.

Por ejemplo, en un esquema tradicional, una persona compra un teléfono celular, lo utiliza algunos años y después lo reemplaza, mientras el aparato anterior queda almacenado o se convierte en residuo. En un modelo circular, el dispositivo puede diseñarse para facilitar reparaciones, actualizaciones y recuperación de componentes. Esto puede disminuir la necesidad de extraer nuevos materiales y reducir la generación de residuos electrónicos.

Algo similar ocurre con la ropa. En lugar de adquirir prendas de baja durabilidad que terminan rápidamente desechadas, cada vez existen más iniciativas orientadas a prolongar su vida útil mediante reparación, reventa, reutilización o reciclaje textil. Esto puede representar ahorro para las personas y una menor demanda de materias primas y recursos como agua y energía. Otro ejemplo son los sistemas de envases reutilizables o aquellos diseñados para facilitar su reciclaje o, en ciertos casos específicos, su integración segura a ciclos biológicos gracias a materiales compostables o biodegradables.

La economía circular puede contribuir a reducir emisiones de gases de efecto invernadero, disminuir la extracción de recursos y proteger ecosistemas. En el ámbito económico, abre oportunidades para nuevas actividades relacionadas con la reparación, el mantenimiento, el alquiler, el reacondicionamiento y el reciclaje. Para las personas, también puede traducirse en productos más duraderos y menor generación de residuos.

El interés por este enfoque ha crecido de forma notable, aunque solo una pequeña proporción de los materiales que entran cada año a la economía global vuelve al sistema mediante reutilización, reciclaje u otras estrategias de recuperación. Todavía predominan modelos de producción y consumo en los que gran parte de los recursos terminan convertidos en residuos o pierden valor tras su primer ciclo de uso.

También han surgido ejemplos que muestran nuevas posibilidades. Uno de los casos más conocidos ocurrió durante los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, cuyas medallas fueron elaboradas utilizando metales recuperados de dispositivos electrónicos recolectados en Japón mediante una campaña nacional de reciclaje. Millones de personas participaron donando teléfonos móviles y otros aparatos electrónicos, demostrando cómo los materiales que normalmente se considerarían desechos pueden reincorporarse a nuevos productos.

Esta idea se relaciona con otro concepto cada vez más relevante: la minería urbana. En lugar de obtener todos los recursos del subsuelo, este enfoque busca recuperar materiales valiosos contenidos en objetos ya existentes, como teléfonos, computadoras o electrodomésticos fuera de uso. En algunos casos, ciertos residuos electrónicos pueden contener concentraciones de metales valiosos comparables o incluso superiores a las encontradas algunas minas.

La innovación en materiales también está abriendo camino. Algunas empresas y centros de investigación trabajan con micelio, talo de los hongos, que combinado con residuos agrícolas puede servir para crear materiales de embalaje, componentes de diseño e incluso mobiliario biodegradable. Dependiendo del material y de las condiciones de degradación, estos productos pueden reincorporarse más fácilmente a ciclos biológicos al finalizar su vida útil.

Otro avance emergente es el desarrollo de los llamados pasaportes digitales de producto. La idea consiste en acompañar ciertos bienes con información digital accesible —frecuentemente mediante códigos QR u otros sistemas— que permita conocer materiales, componentes, reparabilidad y opciones de recuperación. El objetivo es facilitar el mantenimiento, la reutilización y el reciclaje.

Por supuesto, implementar este modelo requiere colaboración entre los gobiernos, las empresas, las instituciones y la ciudadanía. Sin embargo, ya existen algunos avances, desde muebles elaborados con materiales recuperados hasta proyectos industriales donde los residuos de un proceso se convierten en insumos para otro, o ciudades que impulsan programas de compostaje para devolver nutrientes al suelo.

Otro reto es el efecto rebote: cuando una mejora reduce los costos o hace más accesible el consumo, puede ocurrir que aumente la demanda total y, en consecuencia, los beneficios ambientales esperados disminuyan.

Lo que antes se veía como desecho puede convertirse en un nuevo producto. Adoptar pequeñas acciones cotidianas —como reparar antes de reemplazar, elegir productos duraderos o apoyar iniciativas responsables— puede ayudar a construir un sistema que aproveche mejor los recursos, beneficiando tanto a las personas como al entorno.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (30 junio 2026). ¿Qué es la economía circular y cómo funciona?. Celeberrima.com. Última actualización el 30 junio 2026.