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¿Qué es la economía positiva y para qué sirve?

La economía positiva observa, describe, cuantifica y explica cómo funcionan realmente los fenómenos económicos. Su objetivo no es decirnos qué sería justo, deseable o ideal, sino entender qué está ocurriendo y por qué ocurre. Como un reportero de la realidad económica: recopila datos, identifica patrones, contrasta hipótesis con evidencia y trata de explicar los hechos sin agregar recomendaciones morales o políticas. La economía positiva se ocupa de lo que es.

Supongamos que hubo una excelente cosecha y de repente llegan muchas más manzanas al mercado. La economía positiva analizaría el fenómeno y diría algo como: cuando aumenta la cantidad disponible de un producto, su precio tiende a disminuir porque los vendedores compiten por atraer compradores. Esa afirmación no pretende decir si los precios bajos son buenos o malos, ni propone que alguien intervenga; simplemente describe una relación observada entre oferta y demanda utilizando datos verificables.

Cuando lees una noticia que dice: “el crecimiento económico del país fue del 3 % este año debido al aumento de las exportaciones”, estás frente a una afirmación positiva porque, al menos en principio, puede comprobarse con evidencia. Pero si alguien agrega: “por eso deberíamos invertir más en infraestructura”, ya entramos en otro terreno: el de la economía normativa.

La economía positiva responde preguntas como “¿qué está pasando?” o “¿qué efecto produce determinada decisión?”, la economía normativa se pregunta “¿qué debería hacerse?”. Si seguimos con el ejemplo de las manzanas, la economía positiva observa que el precio cayó; la normativa podría sostener que el gobierno debería apoyar a los agricultores porque considera que eso sería más justo. Una describe; la otra recomienda. Ambas son útiles y se complementan.

La idea de estudiar la economía con una lógica como la del método científico tomó fuerza durante el siglo XX. Un momento especialmente importante ocurrió en 1953 con la publicación del ensayo The Methodology of Positive Economics, del economista Milton Friedman, quien años después recibiría el Premio Nobel. Friedman defendió una idea que generó un intenso debate: una teoría económica no necesita partir de supuestos completamente realistas para ser útil; lo verdaderamente importante es si logra predecir adecuadamente el comportamiento observado en el mundo real.

Esa propuesta dejó una pregunta abierta que sigue vigente hasta hoy: ¿puede la economía ser completamente objetiva? Aunque la economía positiva busca apoyarse en evidencia empírica y reducir la influencia de opiniones, muchos investigadores señalan que siempre existen decisiones humanas detrás del análisis. Elegir qué medir, qué indicadores priorizar o qué preguntas investigar puede introducir sesgos. Por ejemplo, enfocarse únicamente en el crecimiento del PIB o incluir también indicadores de desigualdad puede cambiar la interpretación de un mismo fenómeno económico.

Otro aspecto interesante surge con las consecuencias inesperadas. Un ejemplo clásico es el llamado Efecto Cobra. Según la historia más difundida, una autoridad ofreció recompensas por cada cobra eliminada para reducir su población. Sin embargo, algunas personas comenzaron a criarlas para obtener el incentivo económico. Cuando el programa terminó, muchas serpientes fueron liberadas y el problema empeoró. Más allá del debate histórico sobre algunos detalles del caso, el ejemplo ilustra una idea central: las personas responden a incentivos, y esas respuestas pueden producir resultados distintos a los esperados.

Hoy la economía positiva también se ha transformado debido a la tecnología. Los economistas utilizan grandes volúmenes de datos, imágenes satelitales e inteligencia artificial para estudiar actividades económicas que antes eran difíciles de medir. En regiones donde los censos son limitados, se han desarrollado métodos que estiman actividad económica observando variables como la intensidad de la iluminación nocturna o patrones de transporte y movimiento comercial. Lo que antes requería enormes encuestas ahora puede realizarse con nuevas fuentes de información.

Sin embargo, las mediciones tienen límites. Una observación muy conocida es la Ley de Goodhart: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. Por ejemplo, si una escuela es evaluada únicamente por resultados de exámenes estandarizados, puede terminar concentrándose solo en preparar alumnos para aprobar pruebas y no necesariamente en mejorar el aprendizaje integral. El indicador deja de reflejar aquello que originalmente pretendía medir.

Los casos extremos también ayudan a entender cómo funciona la economía. Episodios de hiperinflación como los registrados en Zimbabue en 2008 o en Hungría en 1946 han sido ampliamente estudiados para analizar cómo ciertas dinámicas monetarias pueden provocar aumentos acelerados de precios y una rápida pérdida del poder adquisitivo del dinero. La economía positiva se concentra en medir tasas, identificar relaciones causales y construir explicaciones basadas en evidencia, dejando a un lado las valoraciones políticas o morales.

La economía positiva no intenta decirnos qué debemos pensar. Más bien nos ofrece entender por qué ocurren ciertos fenómenos y qué consecuencias suelen acompañarlos. En ese sentido, la economía positiva no reemplaza el debate público ni resuelve dilemas éticos, pero sí aporta algo indispensable: una base de hechos y evidencia para que nuestras conversaciones sobre dinero, trabajo, crecimiento y sociedad sean más claras y útiles.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (13 junio 2026). ¿Qué es la economía positiva y para qué sirve?. Celeberrima.com. Última actualización el 13 junio 2026.