Cuando decides ir al supermercado a comprar leche, tu elección de marca, cantidad o momento de compra repercute en otras personas. Si muchos consumidores eligen la misma marca porque está en promoción, las existencias pueden agotarse, los precios pueden cambiar o el supermercado puede aumentar sus pedidos a los proveedores. Al mismo tiempo, los productores toman decisiones basándose en lo que esperan que los consumidores compren. Cada acción genera efectos que se propagan por toda la economía, como las ondas que se forman cuando una piedra cae en un estanque.
Los vendedores ajustan precios considerando las acciones de sus competidores y las preferencias de los compradores. Imagina que tienes un negocio y decides bajar tus precios para atraer más clientes. Probablemente tu competidor más cercano responda haciendo lo mismo. Ambos pueden vender más, pero ganar menos por cada producto vendido. Sin proponérselo, terminan inmersos en una guerra de precios que reduce sus ganancias. Este tipo de interacciones resultan en situaciones en la que el resultado depende no solo de nuestras decisiones, sino también de las decisiones de los demás.
Un ejemplo cotidiano es el tráfico en una gran ciudad. Cada mañana eliges la ruta según una aplicación de navegación, pero si miles de conductores toman la misma decisión, esa ruta termina congestionándose y todos llegan más tarde. La elección de cada conductor afecta a los demás, generando un resultado que nadie deseaba.
La interacción de las elecciones puede producir situaciones sorprendentes. Por ejemplo, los ingenieros de transporte estudian la paradoja de Braess, según la cual añadir una nueva ruta o ampliar la capacidad de una red vial puede, en ciertas circunstancias, empeorar el tráfico en lugar de mejorarlo. Esto ocurre porque muchos conductores eligen la nueva opción buscando reducir sus tiempos de viaje, pero la combinación de todas esas decisiones termina empeorando el tráfico.
La tragedia de los comunes es un caso en el que varios ganaderos llevan a sus animales a un pastizal público. Para cada uno parece racional agregar una vaca más porque obtendrá mayores beneficios. Sin embargo, cuando todos hacen lo mismo, el pastizal se degrada hasta quedar inutilizable. Ningún ganadero deseaba destruir el recurso, pero la suma de decisiones racionales produjo ese resultado.
Algo parecido ocurre en episodios de compras de pánico. Si una persona compra algunas unidades extra de papel higiénico o de algún producto básico por si acaso, el efecto es insignificante. Pero cuando otras personas observan ese comportamiento y hacen lo mismo, se produce desabasto. Paradójicamente, quienes intentaban protegerse terminan contribuyendo al problema que querían evitar.
También existe el otro lado de la moneda, la interacción de elecciones puede generar efectos positivos. Supongamos que decides aprender programación para mejorar tus oportunidades laborales. Tu decisión te beneficia, pero también incrementa la disponibilidad de talento para las empresas. Al observar tu éxito, otras personas siguen el mismo camino y, poco a poco, toda una industria puede fortalecerse. Nadie se lo propuso, pero la suma de muchas decisiones individuales termina produciendo ese efecto.
Por supuesto, no todas las consecuencias recaen sobre quienes toman las decisiones. Cuando una acción afecta a terceros que no participaron en ella, hablamos de externalidades. Si eliges usar tu automóvil para todos tus desplazamientos porque resulta más cómodo, obtienes un beneficio personal, pero también contribuyes al tráfico, al ruido y a la contaminación. Los costos recaen parcialmente sobre otras personas. Este tipo de situaciones ayuda a explicar por qué, en ocasiones, existen regulaciones, impuestos o incentivos destinados a alinear mejor los intereses individuales con el bienestar general.
Durante una burbuja inmobiliaria, muchas personas compran viviendas porque observan que los precios suben y esperan que continúen haciéndolo. Cada compra refuerza las expectativas de los demás, alimentando aún más el aumento de precios. Sin embargo, cuando el mercado se satura o cambian las condiciones económicas, los precios pueden desplomarse y dejar a muchos compradores en una situación financiera muy diferente a la que imaginaban.
Algo similar ocurrió durante la crisis del banco Northern Rock en 2007. Aunque la entidad enfrentaba problemas de liquidez más que de solvencia inmediata, el temor de algunos clientes los llevó a retirar sus depósitos. Al observar esas retiradas, otros clientes hicieron lo mismo. La interacción entre miles de decisiones individuales agravó la situación hasta requerir la intervención de las autoridades.
La competencia también ofrece ejemplos interesantes. Consideremos el mercado de la publicidad. Si dos empresas rivales decidieran no anunciarse, ambas ahorrarían enormes cantidades de dinero. Sin embargo, cada una teme que la otra sí invierta en publicidad y gane participación de mercado. Como consecuencia, ambas gastan grandes sumas simplemente para mantener posiciones similares a las que ya tenían.
Ahora, pensemos en los mercados agrícolas. Si un agricultor descubre una tecnología o un fertilizante que aumenta considerablemente su producción, obtiene una ventaja competitiva. Sin embargo, cuando todos los agricultores adoptan la misma innovación, la oferta total crece, los precios caen y las ganancias pueden reducirse para todo el sector. Era una buena decisión en lo individual, pero el resultado general es menos favorable.
Durante el llamado Lunes Negro de 1987, diversos sistemas automatizados de gestión de riesgos comenzaron a vender acciones para limitar pérdidas. Sin embargo, esas ventas provocaron nuevas caídas de precios, activando ventas adicionales en otros sistemas y generando una reacción en cadena. El resultado fue uno de los mayores desplomes bursátiles de la historia, impulsado por decisiones que pretendían proteger el patrimonio de los inversionistas.
La economía no trata únicamente sobre las decisiones individuales, sino sobre la interacción entre ellas. Nuestras decisiones y acciones afectan a los demás, y viceversa. Esta es la razón por la que las intenciones individuales suelen diferir de los resultados generales.
Referencias: