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Biografía de Fray Luis de León
Fray Luis de León nació por ahí de 1527 o 1528 en Belmonte, un pueblito tranquilo de Cuenca, en el seno de una familia de abogados, su padre, Lope de León, era consejero del rey y por eso la familia se mudó a Madrid, luego a Valladolid, donde el pequeño Luis creció rodeado de libros. A los catorce años lo mandaron a Salamanca a estudiar leyes, como era la costumbre, pero la cosa duró apenas unos meses, pues Luis se sintió profundamente atraído por la vida serena y ordenada de los frailes agustinos, así que entró al convento en 1542 o 1543, hizo su noviciado y el 29 de enero de 1544 profesó como religioso. Desde ese momento Salamanca se convirtió en su hogar y en el escenario de casi toda su existencia.
Allí se lanzó de lleno a los estudios, primero Artes y Filosofía, luego Teología, y complementó su formación en Alcalá de Henares aprendiendo hebreo con maestros como Cipriano de la Huerga. En 1560, se doctoró en Teología y empezó a opositar a cátedras en la universidad, ganando la de Santo Tomás en 1561 y más tarde otras como la de Durando. Se convirtió en uno de esos profesores que llenaban el aula de sabiduría, pasión y claridad. Explicaba las Escrituras con razón, humanismo y fe. Era un humanista de pura cepa, de esos que rescataban a los clásicos latinos y griegos, pronto se ganó el respeto de colegas como el Brocense o Francisco Salinas.
Pero la vida universitaria en el siglo XVI no era un jardín de rosas; había envidias entre órdenes religiosas, rivalidades académicas y un ambiente donde cualquier idea nueva podía interpretarse mal. En 1572, unos dominicos, León de Castro y Bartolomé de Medina, lo denunciaron ante la Inquisición. Lo acusaban de haber traducido el Cantar de los Cantares al castellano para una prima monja, sin permiso oficial, y de defender el texto original de la Biblia por encima de la Vulgata latina que el Concilio de Trento había declarado intocable. Para ellos eso olía a herejía. Lo metieron preso en las cárceles de Valladolid el 27 de marzo de ese año y allí pasó casi cinco años, hasta diciembre de 1576, junto a otros profesores que también estaban en problemas. En vez de amargarse, Fray Luis usó ese tiempo para escribir parte de su obra maestra, De los nombres de Cristo, y compuso poemas llenos de serenidad y anhelo divino. Estaba encerrado y, en lugar de quejarse, creó versos que hablan de paz interior, como si la cárcel fuera una especie de retiro espiritual, aunque forzado. Cuando por fin lo absolvieron, volvió a Salamanca y, según cuenta la tradición, entró a clase diciendo algo así como “decíamos ayer…”, como si nada hubiera pasado.
Retomó su cátedra con más fuerza que nunca. Enseñó Filosofía Moral y Sagrada Escritura, apoyó la reforma de los carmelitas descalzos de Santa Teresa de Jesús, incluso aprobó la edición de su Libro de la vida, y participó en comisiones, como la reforma del calendario o debates sobre la libertad humana en la famosa polémica De auxiliis. Sus obras empezaron a circular, aunque muchas de sus poesías solo se publicaron después de su muerte. Escribía en un castellano limpio, natural y elegante, nada recargado. Sus poemas como la Vida retirada describen el sueño de una casita junto al río Tormes, lejos del bullicio y las envidias, donde uno puede vivir en armonía con la naturaleza y con Dios. En prosa dejó joyas como La perfecta casada, un consejo práctico y cariñoso para una mujer cristiana inspirado en los Proverbios, o la Exposición del Libro de Job, que empezó en la cárcel y terminó poco antes de morir.
Hacia el final de su vida, con la salud deteriorada, lo eligieron provincial de su orden el 14 de agosto de 1591 en Madrigal de las Altas Torres, un pueblito de Ávila. Apenas nueve días después, el 23 de agosto, murió allí. Lo enterraron en el convento local y luego sus restos volvieron a Salamanca, donde hoy descansan en la universidad que tanto amó, con una estatua que lo recuerda como un profesor sabio.
Frases de Fray Luis de León
- Los pastores serán brutales mientras las ovejas sean estúpidas.
- La paz es el blanco a donde enderezan su intento y el bien a que aspiran todas las cosas.
- Faltan palabras a la lengua para los sentimientos del alma.
- Estar en paz con uno mismo es el medio más seguro de comenzar a estarlo con los demás.
- No hay cosa más cerca ni más lejos, más encubierta y más descubierta que Dios.
- El bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio.
- El amor verdadero no espera a ser invitado, antes él se invita y se ofrece primero.
- Para hacer mal cualquiera es poderoso.
Referencias: