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Biografía de Francesco Petrarca
Francesco Petrarca nació el 20 de julio de 1304 en Arezzo, un pueblito de Toscana, Italia, justo cuando su familia estaba pasando por un mal momento, su papá, Ser Petracco, un notario de Florencia, había sido exiliado junto con otros güelfos blancos por peleas políticas. La familia se mudó primero a Incisa y luego, cuando Francesco tenía como ocho años, se fueron a Avignon, en el sur de Francia, porque ahí estaba la corte papal exiliada y había trabajo para su padre. Imagina a Petrarca como un niño italiano creciendo entre franceses, papas e intrigas de la iglesia, mientras su padre lo empujaba a estudiar derecho.
Desde joven, Francesco ya sentía esa comezón por los libros antiguos. Estudió en Carpentras, luego derecho en Montpellier desde los doce años y después en Bolonia, pero odiaba las clases de leyes; las veía como “vender mi mente como mercancía”, eso decía él mismo. Su hermano Gherardo iba con él, pero Francesco se escapaba a leer a Cicerón y a Virgilio. Cuando su papá murió en 1326, regresó a Avignon, tomó órdenes menores de la iglesia y entró a trabajar con el cardenal Giovanni Colonna.
Y entonces, el 6 de abril de 1327, en la iglesia de Santa Clara de Avignon, pasa lo que lo marca para siempre: ve a una mujer llamada Laura. ¿Era real? La mayoría de los historiadores dicen que sí, probablemente Laura de Noves, una señora casada y de buena familia, pero para Francesco fue como un flechazo súbito que duró toda la vida. Nunca se acercó mucho, pero ese amor imposible se convirtió en su combustible creativo. Como esos amores de adolescencia que nunca pasan de miradas, pero que inspiran canciones, poemas y hasta un álbum entero. De ahí salió su obra más famosa, el Canzoniere o Rime sparse, más de 300 poemas en italiano vulgar, el lenguaje de la calle, no el latín de los sabios, donde mezcla sonetos, canciones y baladas que cuentan su pasión, su dolor y cómo al final aprende a soltar todo y confiar en Dios. Los dividió en “poemas en vida de Laura” y “poemas después de su muerte”, pues ella murió de peste en 1348, y los fue puliendo toda su vida. Gracias a eso, el soneto italiano que inventó se volvió el estándar para la poesía lírica en toda Europa; Shakespeare y otros poetas lo usaron.
Pero Petrarca no era solo un romántico; era un explorador incansable, como un turista. Viajaba por placer, no solo por trabajo. En 1333, fue a Francia, Flandes, Alemania, visitando sabios y escarbando en monasterios como un arqueólogo buscando tesoros perdidos. En Lieja encontró discursos de Cicerón que nadie había leído en siglos. En 1337, llegó a Roma por primera vez y se emocionó. Se instaló en Vaucluse, un pueblito cerca de Avignon, en una casita tranquila al lado de un río, y ahí escribía. Empezó su épica Africa sobre Escipión el Africano, y otras obras como el Secretum, un diálogo imaginario con San Agustín donde se confiesa sus luchas entre el mundo y la fe.
En 1341, el 8 de abril —domingo de Pascua—, lo coronaron poeta en el Capitolio de Roma, el primero desde la antigüedad. Imagina a un tipo de 37 años recibiendo laureles como los antiguos, dando un discurso que muchos llaman el primer manifiesto del Renacimiento. Viajaba por Italia y Francia, se hizo amigo de Boccaccio —el autor del Decamerón—, intercambiaban libros e ideas, y hasta apoyó a Cola di Rienzo en su intento de revivir la república romana. Tenía dos hijos, uno ilegítimo llamado Giovanni que murió joven de peste, y una hija llamada Francesca que se casó, tuvo familia y le dio nietos; en sus últimos años vivió con ella.
En 1353, harto de las intrigas de Avignon, se mudó definitivamente a Italia. Vivió en Milán bajo los Visconti, en Venecia, donde le dieron casa a cambio de dejarle sus libros a la ciudad; en Padua y finalmente en Arquà, un pueblito en las colinas Eugáneas cerca de Padua. Ahí terminó los Trionfi, otra obra poética alegórica; escribió defensas de su humanismo como De sui ipsius et multorum ignorantia. Era un puente entre el mundo clásico y el cristiano, amaba a Virgilio y Cicerón, pero los mezclaba con la fe para decir que el ser humano puede ser grande si estudia, piensa y vive con virtud. Por eso lo llaman el padre del humanismo y uno de los que prendió la mecha del Renacimiento.
Su vida fue de amores imposibles, de descubrimientos y de una curiosidad que no se apagaba nunca. Murió el 18 o 19 de julio de 1374 en Arquà, un día antes de cumplir 70 años, sentado en su estudio con la cabeza apoyada en un manuscrito de Virgilio. Lo encontraron así a la mañana siguiente, como si se hubiera dormido leyendo a su ídolo.
Frases de Francesco Petrarca
- Cinco grandes enemigos de la humanidad están dentro de nosotros mismos: la avaricia, la ambición, la envidia, la ira y el orgullo. Si nos despojamos de ellos, gozaremos de la más completa paz.
- La razón habla y el sentimiento muerde.
- Una muerte bella honra toda la vida.
- Quien se deleita en defraudar al prójimo, no se ha de lamentar si otro le engaña.
- En el mundo cada cual, desde el día que nació, tiene asignada su suerte.
- La muerte arrebata primero a los mejores, y deja a los culpables.
- Quien puede decir cuánto ama, pequeño amor siente.
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