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Biografía de Emily Dickinson
Emily Dickinson vivió hace más de siglo y medio en un pueblito tranquilo de Massachusetts, rodeada de árboles y casas de ladrillo. Nacida el 10 de diciembre de 1830 en Amherst, en una familia prominente, su padre, Edward, era un abogado que trabajaba como tesorero de la universidad local y llegó a ser congresista, mientras su madre, llamada Emily Norcross, se ocupaba de la casa. Tenía un hermano mayor, Austin, y una hermana menor, Lavinia; los tres crecieron en la casa familiar conocida como Homestead, un lugar lleno de libros, visitas y el bullicio de una comunidad que valoraba la educación y la fe puritana. Muy tempranamente, Emily ya mostraba una curiosidad que la hacía diferente, se emocionaba recolectando plantas para su propio herbario, etiquetándolas en latín como si fuera una pequeña científica explorando su propio universo verde, algo que aprendió en la escuela local donde destacaba en ciencias, botánica y composición.
La educación de Emily fue de las mejores que una chica podía recibir en esa época, algo que no era común para todas, pero en Amherst sí se valoraba. Pasó siete años en la Amherst Academy, donde devoraba clases de latín, astronomía y todo tipo de ciencias naturales, y luego, a los 17, se fue por un año al Mount Holyoke Female Seminary, una escuela para mujeres que enfatizaba la religión; sin embargo, no aguantó el ambiente tan estricto y el constante llamado a “convertirse” espiritualmente, así que regresó a casa con una mezcla de alivio y nostalgia. En casa, cuidaba el jardín con pasión, como si cada flor fuera un poema; momentos de libertad interior, tocaba el piano, leía a autores como Shakespeare o los románticos, y escribía cartas a sus amigas de la infancia, llenas de humor y reflexiones. Su papá era estricto, pero cariñoso. La familia se mudó de vuelta a Homestead en 1855.
Conforme entraba en sus veinte, Emily empezó a retirarse del bullicio social, prefería su mundo interior. Imagina que decides no ir a todas las fiestas y, en cambio, pasas las noches leyendo o escribiendo. Cultivó amistades a través de cartas, manteniendo correspondencia con editores, escritores y confidentes como Thomas Wentworth Higginson, a quien llamaba su “preceptor”. Entre 1858 y 1865, en medio de la Guerra Civil, vivió su época más creativa: escribió más de mil poemas, los cosía en cuadernitos caseros llamados fascículos y los compartía en cartas con su cuñada Susan Gilbert, que se casó con Austin y vivía en la casa de al lado, o con amigos como Samuel Bowles, quien publicó algunos sin pedirle permiso. Solo una docena de sus poemas vieron la luz en vida, y casi siempre de forma anónima o editada.
Su reclusión se volvió más notoria en los siguientes años. Rara vez salía del Homestead, recibía visitas contadas, como la de Higginson en 1870, a quien le explicó la poesía de una forma que cualquiera entendería: “Si leo un libro y todo mi cuerpo se enfría tanto que ningún fuego lo calienta, sé que es poesía”. Mantuvo amores a distancia, pero siempre a través de cartas apasionadas y juguetonas, sin casarse nunca. La familia era su ancla, adoraba a sus sobrinos, especialmente al pequeño Gilbert, y cuidó a su madre cuando esta quedó inválida. Los golpes llegaron en los últimos años: la muerte de su padre en 1874, de su madre en 1882 y de su sobrino en 1883, y problemas de salud como dolores de ojos la mantuvieron más en casa, pero siguió escribiendo hasta sumar casi 1800 poemas.
Emily se fue el 15 de mayo de 1886, a los 55 años; murió en su amado Homestead, rodeada de los suyos, y la enterraron en el cementerio del pueblo con una sencilla lápida que solo dice “Llamada de vuelta”. Nadie imaginaba entonces el tesoro que dejó, Lavinia encontró los fascículos en su habitación y, con ayuda de Higginson y Mabel Loomis Todd, publicó el primer libro de poemas en 1890, que fue un éxito.
Frases de Emily Dickinson
- Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro.
- La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta la melodía sin palabras, que nunca cesa.
- Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie.
- Lo que nunca volverá otra vez, es lo que hace la vida tan dulce.
- Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay.
- No hay mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas.
- El éxito es más dulce a aquellas personas que nunca antes lo habían disfrutado.
- El hecho de que sea irrepetible es lo que hace tan dulce la vida.
Referencias: