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Biografía de Polibio
Polibio fue un aventurero griego del siglo II antes de Cristo, que crece en una familia importante de una ciudad llamada Megalópolis, en la región de Arcadia, y que termina viviendo en el corazón del poder romano, pero sin perder nunca su mirada crítica. Fue un historiador que nos dejó una de las crónicas más útiles sobre cómo Roma pasó de ser una ciudad-estado a dominar todo el Mediterráneo. Nació más o menos en el año 200 a.C., en una familia acomodada de terratenientes; su padre, Licortas, era un político de peso en la Liga Aquea, la alianza de ciudades griegas que intentaba mantenerse independiente en un mundo donde Roma ya empezaba a acumular poder.
Polibio creció rodeado de política, diplomacia y entrenamiento militar. Aprendió a pelear y a negociar; de joven ya escribía biografías y tratados sobre tácticas militares, aunque esos textos se perdieron con el tiempo. Se metió de lleno en la Liga Aquea y en el 170 a.C., siendo todavía bastante joven, lo eligieron como comandante de la caballería, el segundo puesto más importante. Era un cargo que mostraba que la gente confiaba en él para defender la autonomía griega frente a los romanos y macedonios. Pero la cosa se complicó en el 168-167 a.C., después de que Roma ganara la batalla de Pidna contra el rey macedonio, decidieron llevarse como rehenes a mil aqueos prominentes para asegurarse de que Grecia no diera problemas. Polibio estaba en esa lista y terminó en Italia, no como prisionero en una celda oscura, sino más bien como un “invitado” en Roma.
En Roma, tuvo la suerte de caerle bien a los hijos del cónsul Emilio Paulo, el que había derrotado a Macedonia, y sobre todo se hizo muy amigo del joven Publio Cornelio Escipión Emiliano, que después sería uno de los grandes generales romanos. Su relación era tan cercana que Polibio mismo la describió como la de un padre con su hijo. Gracias a esa amistad, Polibio pudo quedarse en Roma, viajar por todas partes y observar de primera mano cómo funcionaba la máquina de guerra y política que era la República Romana. Acompañó a Escipión a España, cruzó los Alpes siguiendo las huellas de Aníbal, llegó hasta África y hasta vio con sus propios ojos la destrucción de Cartago en el 146 a.C., cuando Escipión arrasó la ciudad. Fue testigo de cómo Roma aplastaba rivales y consolidaba su dominio, algo que pocos griegos pudieron decir.
Después de unos diecisiete años en ese exilio dorado, lo liberaron alrededor del 150 a.C. y regresó a Grecia, pero ya no era el mismo. La Liga Aquea se rebeló contra Roma y terminó destruida en el 146 a.C., con Corinto saqueada; Polibio usó su influencia con los romanos para suavizar las represalias y ayudar a reorganizar las ciudades griegas. Se convirtió en un mediador, y la gente le levantó estatuas en varios lugares como agradecimiento por haber salvado algo. Siguió viajando, explorando y escribiendo, siempre con la curiosidad incansable, buscaba entender las causas profundas de por qué las cosas pasaban en la historia. Murió alrededor del 118 a.C., se cayó de un caballo mientras volvía de cazar jabalíes.
Lo que lo hace inolvidable es su obra, Historias, cuarenta libros, aunque solo los primeros cinco nos llegaron completos y el resto en fragmentos, donde cuenta el ascenso de Roma desde el 264 hasta el 146 a.C. Polibio quería explicar el “porqué” con un método nuevo y práctico, como un detective que junta pruebas de testigos oculares, recorre los lugares, estudia documentos y usa su propia experiencia política y militar. Comparaba constituciones, analizaba ciclos de gobiernos, con la idea de que las monarquías, aristocracias y democracias se van turnando y degenerando. Piensa en él como un analista político, en vez de ver la historia como una lista de fechas, la veía como un laboratorio para entender el poder. Polibio vivió en la primera fila de uno de los cambios más importantes de la historia antigua.
Frases de Polibio
- No hay testigo tan terrible ni acusador tan potente como la conciencia que mora en el seno de cada hombre.
- Como la masa del pueblo es inconstante, apasionada e irreflexiva, y se halla además sujeta a deseos desenfrenados, es menester llenarla de temores para mantenerla en orden.
- El objeto de la guerra no es aniquilar a los que la han provocado, sino hacerles que se enmienden; no destruir a los inocentes y a los culpables por igual, sino salvar a ambos.
- Es natural que el hombre ame a su país y a sus amigos y odie a los enemigos de ambos. Pero al escribir la historia debe prescindir de tales sentimientos y estar dispuesto a alabar a los enemigos que lo merezcan y a censurar a los amigos más queridos y más íntimos.
- La historia ofrece el medio mejor de preparación para los que han de tomar parte en los asuntos públicos.
- Tiene sin duda mucho mérito vencer en el campo de batalla; pero se necesita más sabiduría y más destreza para hacer uso de la victoria.
Referencias: