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Escépticos: quiénes eran, Pirrón de Elis y Enesidemo

El escéptico no debe confundirse con el sofista que proclama “nada sé”, pues incluso esa afirmación implica un conocimiento. El auténtico escéptico se abstiene de opinar sobre cualquier asunto, considerando preferible la reserva a emitir un juicio susceptible de error. Pirrón de Elis, al igual que Sócrates, renunció a escribir y enseñó más con su modo de vida que con sus palabras. Predicaba con el ejemplo, evitando toda afirmación concluyente, y su discípulo Timón lo admiraba por ello. Pirrón incluso no creía que al hablar pudiera decirse algo verdadero o exacto. En el núcleo del escepticismo pirrónico se sitúa, por tanto, la suspensión del juicio ante la contradicción de los hechos, las costumbres y las ideas.

Al igual que el epicureísmo y el estoicismo, el escepticismo buscaba la felicidad. Para Pirrón, esta se alcanza mediante la ataraxia: un estado de serenidad, desapego y libertad interior que supone el retiro de las pasiones y de los conflictos propios de la vida cotidiana.

Hacia el siglo I a. C., Enesidemo aportó argumentos para desconfiar tanto de los sentidos como de la razón, transmitidos más tarde por Sexto Empírico. Los primeros se centran en los sentidos y muestran que la percepción varía según el ser que percibe. Aunque todos los seres humanos poseen los mismos cinco sentidos, no perciben el mundo del mismo modo. Incluso en una sola persona, los sentidos pueden contradecirse: quien en una habitación oscura busca un objeto al tacto puede equivocarse y tomar otro. Esta falta de coincidencia demuestra que los sentidos no ofrecen una base segura para alcanzar la verdad. Ninguno garantiza la certeza: la vista, por ejemplo, puede confundir la arena con agua.

La percepción también se altera por la distancia o la cantidad. Un objeto parece grande de cerca y pequeño a lo lejos; un solo grano de arena puede parecer duro, pero una playa compuesta por millones de ellos resulta suave al tacto. Además, los objetos nunca aparecen aislados: su aspecto depende de la luz, el entorno o la perspectiva. En consecuencia, nada permite determinar la verdadera naturaleza de lo percibido.

El hábito modifica igualmente la percepción: lo cotidiano deja de asombrar, mientras lo infrecuente provoca sorpresa. Así, el sol que nace cada día apenas llama la atención, pero un cometa nos maravilla.

En cuanto a las costumbres, los pueblos difieren en sus creencias y valores: los atenienses defendían la democracia, los espartanos la educación militar y la monarquía, los romanos el poder imperial. Ninguno puede reclamar una verdad superior, pues cada uno considera verdadero lo que su cultura le ha enseñado.

Tampoco la razón ofrece mayor certeza. Al intentar justificar algo, incurre en un regreso al infinito —como quien busca probar la existencia del árbol remontándose a la semilla, luego al árbol anterior, y así sucesivamente— o en un círculo vicioso, cuando una afirmación se define a través de sí misma, como ocurre en los malos diccionarios.

Para Enesidemo, sólo la afasia (el silencio) y la ataraxia (la serenidad interior) permiten vivir sin contradicciones, en una actitud de contemplación y desapego que constituye la verdadera sabiduría escéptica.

Sócrates dudaba con el propósito de alcanzar la verdad; los escépticos, en cambio, dudaban para liberarse de la incertidumbre. Para ellos, la duda no era un medio de conocimiento, sino un camino hacia la serenidad y la contemplación.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (24 octubre 2025). Escépticos: quiénes eran, Pirrón de Elis y Enesidemo. Celeberrima.com. Última actualización el 24 octubre 2025.