En Santiago de Querétaro, durante principios del siglo XIX, la vida cotidiana transcurría entre mercados, iglesias, comercios y conversaciones en las plazas, pero debajo de esa aparente calma existía un profundo descontento político y social. El lugar se convirtió, en 1810, en uno de los principales escenarios de una conspiración que terminaría desencadenando la lucha por la independencia de México.
La llamada Conspiración de Querétaro fue el resultado de un proceso de organización política y militar en el que participaron personas de distintos ámbitos, entre ellas militares, sacerdotes, comerciantes, funcionarios y otros habitantes de la región. Muchos de ellos estaban preocupados por la crisis que atravesaba la monarquía española y por la situación política de la Nueva España.
Para entender por qué surgió esta conspiración hay que retroceder unos años. En 1808, Napoleón Bonaparte invadió la península ibérica y obligó a Carlos IV y a su hijo Fernando VII a renunciar al trono en las llamadas abdicaciones de Bayona. Fernando VII quedó cautivo en Francia y José Bonaparte, hermano de Napoleón, fue colocado en el trono español. La crisis provocó una enorme incertidumbre en todo el imperio español: si el rey legítimo estaba ausente, ¿quién debía gobernar?
En la Nueva España, esta situación abrió un intenso debate. Algunos grupos defendían la creación de una junta que gobernara provisionalmente en nombre de Fernando VII mientras el monarca permaneciera cautivo. Para muchos de los participantes en las primeras conspiraciones, esto no significaba declarar la independencia de España. También existía un fuerte descontento entre sectores criollos, que cuestionaban el predominio de los peninsulares —españoles nacidos en Europa— en los principales cargos políticos y administrativos. A ello se sumaban problemas económicos, tensiones sociales y el malestar provocado por las desigualdades existentes en la sociedad virreinal.
Las primeras conspiraciones importantes aparecieron en otros lugares. En 1809 fue descubierta la conspiración de Valladolid, en la actual Morelia. Aunque fue desarticulada, algunas de las personas relacionadas con esos movimientos continuaron organizándose. Entre ellas se encontraban militares como Ignacio Allende y Mariano Abasolo. Las ideas de conspiración llegaron posteriormente a San Miguel el Grande y, finalmente, encontraron en Querétaro un terreno favorable.
Uno de los principales centros de reunión fue la casa del corregidor Miguel Domínguez y de su esposa, Josefa Ortiz de Domínguez. Allí se celebraban reuniones que tradicionalmente han sido relacionadas con una llamada “Academia Literaria” o con tertulias aparentemente dedicadas a actividades culturales. Estas reuniones permitían que los participantes se encontraran sin despertar las sospechas de las autoridades.
Entre los participantes y simpatizantes se encontraban Miguel Hidalgo y Costilla, párroco de Dolores; Ignacio Allende; Juan Aldama; Mariano Abasolo; y los hermanos Epigmenio y Emeterio González, entre muchas otras personas. Los hermanos González estuvieron vinculados con la preparación y almacenamiento de armas y municiones.
Los conspiradores discutían cómo organizar un levantamiento y cómo conseguir apoyo militar y popular. Se contemplaron distintas fechas y circunstancias para iniciar el movimiento. Entre las posibilidades se encontraba aprovechar reuniones o ferias importantes, como las de San Juan de los Lagos. Sin embargo, la organización fue cambiando conforme aumentaban los riesgos y las circunstancias políticas se modificaban.
También existían diferencias entre algunos de los dirigentes. Ignacio Allende, con experiencia militar, tendía a favorecer un movimiento más organizado y disciplinado, mientras que Miguel Hidalgo tenía una enorme capacidad para movilizar a sectores populares. Estas diferencias se harían todavía más visibles después del inicio de la insurrección, cuando el movimiento tuvo que enfrentarse al enorme desafío de organizar un ejército formado en buena medida por miles de personas con distintos niveles de preparación y disciplina.
Pero el tiempo se agotaba. En septiembre de 1810, las autoridades comenzaron a recibir denuncias sobre la conspiración. Entre los delatores estuvo el capitán Joaquín Arias, aunque no fue el único responsable de que el movimiento quedara al descubierto. Las autoridades realizaron investigaciones y comenzaron a buscar a los implicados. La situación se volvió especialmente peligrosa para los conspiradores de Querétaro.
Miguel Domínguez, en su calidad de corregidor, se vio obligado a actuar bajo la presión de las autoridades. Sin embargo, Josefa Ortiz logró hacer llegar un aviso a los conspiradores. Ignacio Pérez llevó el mensaje hacia San Miguel el Grande, donde informó a Ignacio Allende y Juan Aldama. Posteriormente, la noticia llegó a Dolores, donde se encontraba Miguel Hidalgo. La conspiración había sido descubierta y los participantes tenían que decidir rápidamente qué hacer.
La situación planteaba un dilema. Si esperaban, las autoridades podían detenerlos antes de que estuvieran preparados; si actuaban de inmediato, tendrían que comenzar una rebelión mucho antes de lo planeado. Finalmente, Hidalgo y sus compañeros optaron por adelantarse.
En la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo convocó a los habitantes de Dolores, liberó a presos de la cárcel local y llamó a la población a levantarse contra el gobierno virreinal. Las campanas de la parroquia sirvieron para convocar a la gente y aquel acontecimiento pasó a la historia como el Grito de Dolores. Las palabras exactas pronunciadas por Hidalgo no se conocen con certeza, pues las versiones fueron recogidas posteriormente y presentan diferencias.
Y aquí está uno de los aspectos más interesantes de la historia: un movimiento que había comenzado en buena medida con la idea de organizar un gobierno provisional en nombre del monarca cautivo terminó convirtiéndose en una guerra que conduciría, once años después, a la independencia de México. El levantamiento del 16 de septiembre no fue todavía una declaración formal de independencia, pero marcó el comienzo de la guerra insurgente que transformaría profundamente a la Nueva España.
La reacción fue extraordinariamente rápida. Después de que la conspiración quedó al descubierto, los dirigentes tuvieron que comunicarse entre distintas poblaciones y tomar decisiones en cuestión de horas.
Muchos de los conspiradores de Querétaro fueron perseguidos y detenidos. Miguel y Josefa Domínguez también sufrieron las consecuencias de su participación: ella fue encarcelada durante varios años y él fue sometido a investigación y perdió su cargo. Otros conspiradores lograron incorporarse al movimiento insurgente. Algunos, como Allende, Aldama, Abasolo e Hidalgo, desempeñarían papeles fundamentales durante los primeros meses de la guerra.
Detrás del famoso Grito de Dolores existió una red de reuniones, conversaciones, contactos, preparativos militares, desacuerdos y decisiones tomadas bajo presión. Lo que debía ser un levantamiento cuidadosamente preparado tuvo que convertirse en una insurrección. La Conspiración de Querétaro fue el puente entre la crisis política de la monarquía española y el comienzo de la insurrección que terminaría transformando a México.
Referencias: