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Biografía de William Hazlitt
William Hazlitt nació un 10 de abril de 1778 en Maidstone, un pueblito de Kent en Inglaterra, su padre, un ministro unitario irlandés apasionado por las ideas de libertad, había apoyado a los rebeldes americanos. Imagina a Hazlitt como un niño pequeño cruzando el Atlántico con sus padres, primero a Irlanda, luego a Estados Unidos cuando tenía apenas cinco años, donde su padre ayudó a fundar la primera iglesia unitaria en Boston, y de regreso a Inglaterra a los nueve, para instalarse en un tranquilo rincón de Shropshire llamado Wem. Ahí creció leyendo todo lo que caía en sus manos, aunque de chico parecía un tanto huraño y callado. La lectura fue su escuela, porque aunque estudió en una academia disidente en Hackney con la idea de seguir los pasos de su padre en el púlpito, pronto se dio cuenta de que la vida religiosa no era lo suyo y lo dejó todo para buscar su propio camino.
En sus años jóvenes, William se enamoró de la pintura y soñó con ser artista. Se fue a París en 1802, pasó horas en el Louvre copiando a los grandes maestros como Tiziano y Rafael, y hasta alcanzó a ver de lejos a Napoleón, a quien admiraba como símbolo de cambio y libertad. Pintó retratos de amigos cercanos, como el poeta Coleridge y Wordsworth, pero al final se convenció de que no iba a brillar en ese mundo y colgó los pinceles. Fue un giro duro, pero justo ahí empezó su verdadera vocación: la escritura. En 1805, publicó su primer libro, un ensayo donde defendía que los seres humanos no somos egoístas por naturaleza, sino que podemos actuar por el bien de los demás gracias al poder de la imaginación; era como decir que en el fondo todos tenemos esa chispa generosa que nos hace preocuparnos por el vecino, algo que chocaba con las ideas frías y calculadoras de la época. Ese texto marcó el inicio de una vida dedicada a pensar y a contar lo que veía.
Poco después, el dinero lo empujó al periodismo. Empezó como reportero parlamentario y crítico de teatro en el Morning Chronicle, y pronto se convirtió en uno de los ensayistas más agudos de su tiempo. Se codeó con los grandes del Romanticismo. Al principio fue amigo de Coleridge y Wordsworth, que lo inspiraron con sus ideas sobre la poesía y la naturaleza, y también de Charles Lamb. Pero como era un tipo de temperamento fuerte y radical en política, terminó peleando con varios de ellos porque no toleraba que abandonaran las ideas de libertad que tanto defendían. Hazlitt era un apasionado de la Revolución Francesa y de Napoleón como defensor del pueblo; odiaba el conservadurismo inglés y siempre escribía a favor de la gente, de la reforma y contra la tiranía. Sus ensayos no eran lecciones secas, sino conversaciones vivas. En colecciones como Table-Talk o The Spirit of the Age retrataba a sus contemporáneos con una mirada tan penetrante que parecía que los tenías enfrente, hablando de Shakespeare como si acabaras de verlo en el teatro de la esquina o criticando el arte con la misma pasión con la que un aficionado hoy discute una serie que le movió el corazón.
Publicó obras que todavía se leen, como Characters of Shakespeare’s Plays en 1817, donde desmenuzaba las obras de “el Bardo”; conferencias sobre los poetas ingleses y los dramaturgos isabelinos que se convirtieron en libros; y más tarde The Plain Speaker, donde tocaba temas tan variados como el odio, el placer de leer o la vida cotidiana. Su biografía de Napoleón, titulada The life of Napoleon Bounaparte, en cuatro tomos que terminó justo antes de morir, fue su gran proyecto final, un homenaje personal a ese hombre que para él representaba la esperanza de un mundo más justo. Todo lo escribía con un estilo directo, sin adornos inútiles, como si te estuviera contando una anécdota en la calle mientras caminan juntos.
Pero la vida personal no le fue fácil. Se casó, en 1808, con Sarah Stoddart, tuvieron un hijo que sobrevivió llamado William, y después vino un divorcio en Escocia. En sus cuarenta y tantos se obsesionó con una joven llamada Sarah Walker y escribió Liber Amoris, un libro crudo y escandaloso sobre el amor tormentoso que le costó muchos disgustos. Se casó de nuevo con una viuda llamada Isabella Bridgwater, viajaron por Francia e Italia, pero tampoco duró; era un hombre de pasiones fuertes, de amistades intensas que a veces terminaban en rupturas.
A pesar de los altibajos, nunca dejó de escribir y de defender sus ideas de libertad. En sus últimos años vivió en Londres, en Soho, donde seguía mandando artículos a revistas y completando su gran biografía de Napoleón mientras la salud le fallaba. Murió el 18 de septiembre de 1830, a los 52 años, probablemente de un cáncer de estómago, rodeado de su hijo y unos pocos amigos leales como Charles Lamb. Sus últimas palabras fueron: “Bueno, he tenido una vida feliz”. Lo enterraron en el cementerio de la iglesia de St. Anne’s en Soho, con poca gente en el funeral, pero su legado creció con el tiempo. Hoy lo consideran uno de los mejores ensayistas y críticos literarios en inglés, al lado de figuras como Samuel Johnson o George Orwell.
Frases de William Hazlitt
- Aquellos impecables autores son los que nunca escribieron.
- El amor a la libertad es amor al prójimo; el amor al poder es amor a sí mismo.
- El amor y la felicidad son almas gemelas, o nacen una de otra.
- El hombre es el único animal que ríe y llora, porque es el único que percibe la diferencia entre lo que las cosas son y lo que deben ser.
- El hombre es un animal que se alimenta de adulaciones.
- El silencio es una de las artes más grandes de la conversación.
- El único vicio que no puede perdonarse es la hipocresía. El arrepentimiento del hipócrita es de por sí una hipocresía.
- Hablamos poco, excepto cuando lo hacemos de nosotros mismos.
- La gente más callada es, de ordinario, la que mejor piensa en sí misma.
- La gente sin educación es hipócrita.
- La moda comienza y termina siempre por las dos cosas que más aborrece: la singularidad y la vulgaridad.
- La peor vejez es la del espíritu.
- La prosperidad es un gran maestro; la adversidad es mucho más grande. La posesión embota la mente, la adversidad la fortalece.
- Las personas hábiles son los instrumentos con que trabajan los viles.
- Los hombres despiertos no tienen más que un mundo, pero los hombres dormidos tienen cada uno su mundo.
- Me gustaría emplear toda mi vida en viajar, si alguien pudiera prestarme después otra vida para pasármela en casa.
- Todos somos, en mayor o menor medida, esclavos de la opinión pública.
- Un apodo es la piedra más dura que el diablo puede arrojar a una persona.
- Un buen carácter vale tanto como un buen patrimonio.
- Una promesa es una palabra a la que continuamente se recurre por el sólo placer de quebrantarla.
Referencias: