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Biografía de Nicolas Boileau
Nicolas Boileau, nacido en París, se convirtió en una figura clave para entender cómo se escribía y se pensaba la literatura en la época de Luis XIV, ese rey que quería que todo brillara con orden, elegancia y razón. Boileau, a quien también llamaban Boileau-Despréaux, venía de una familia de magistrados. Estudió leyes, pero no le apasionaba el mundo de los tribunales. Fue su hermano Gilles, que también escribía, quien lo empujó a dedicarse de lleno a las letras. Y vaya que lo hizo. Fue amigo cercano de grandes como La Fontaine, Molière y Racine, y se metió de lleno en el mundo literario de la Francia del siglo XVII.
Sus primeros pasos fueron por el camino de la sátira. En 1666, publicó siete Sátiras, y luego añadió dos más en 1668. Eran quejas divertidas y personales contra sus enemigos literarios, pero con un fondo más profundo, pues criticaba el “preciosismo”, ese estilo recargado y artificial que estaba de moda en algunos círculos, y defendía en cambio algo mucho más sencillo y sólido, como la claridad y el rigor. Era como si dijera: “Basta de adornos exagerados, vamos a escribir con sentido común, como quien habla claro y directo”. Al mismo tiempo comenzó sus Epístolas, donde repetía ideas parecidas pero con un toque más ágil y elegante en la forma.
En 1671, publicó Decreto burlesco, donde se burlaba de cómo la Universidad rechazaba las ideas racionales de Descartes. Y, en 1674, llegó uno de sus momentos estelares cuando publicó El atril, una obra que parodia el estilo solemne y grandilocuente contando una discusión ridícula entre clérigos sobre dónde poner un atril en una capilla. Es como convertir una pelea tonta de oficina en una epopeya heroica, pero para reírse de ella.
Ese mismo año de 1674 vio la luz su obra más importante y duradera titulada Arte poética. Inspirado en clásicos como Horacio y Aristóteles, Boileau defendía una literatura que imitara la naturaleza de forma racional, con todo bien organizado y respetando las normas de los antiguos. Era, básicamente, un manual en verso que decía: “Para crear algo bueno, sigue la razón, sé claro, respeta las reglas clásicas y no te desvíes al caos”. Su influencia se extendió por toda Europa, guiando a muchos escritores durante décadas.
Boileau no era un genio que inventara todo de cero, ni el creador original del clasicismo; más bien, fue quien lo explicó de la manera más clara, ordenada y convincente. Gracias a eso, ayudó a consolidar esa corriente estética que tanto reflejaba los ideales de la Francia de Luis XIV: orden, equilibrio y admiración por la antigüedad.
En 1677, junto con su amigo Racine, fue nombrado historiógrafo del rey, es decir, el encargado de registrar oficialmente los hechos del reinado. Más tarde, en 1684, entró en la Academia Francesa con el apoyo del monarca. Participó activamente en la famosa “querella de los antiguos y los modernos”, enfrentándose a Charles Perrault; Boileau defendía con uñas y dientes a los antiguos, es decir, la superioridad de los clásicos griegos y latinos, frente a quienes creían que los autores modernos eran mejores.
Hacia el final de su vida reanudó las sátiras, apoyando siempre a los antiguos. Su última, la sátira XII, fue censurada por el rey debido a su contenido jansenista, una corriente religiosa estricta dentro del catolicismo que generaba tensiones en la corte.
Aunque su influencia fue enorme en su época y llegó a tocar a autores posteriores como Voltaire, con el paso del tiempo su presencia en la literatura francesa se fue diluyendo un poco, a diferencia de la de Molière o Racine, que siguen brillando con más fuerza hoy. Aun así, Boileau dejó una huella imborrable como el gran teórico que puso en orden las ideas del clasicismo, haciendo que muchos escritores europeos miraran hacia la claridad, la razón y el respeto a las formas clásicas.
Si te imaginas el clasicismo francés como una casa bien construida con reglas claras y proporciones perfectas, Boileau fue el arquitecto que dibujó los planos más limpios y los explicó para que todos pudieran seguirlos. No inventó el estilo, pero sí lo hizo accesible, defendible y duradero.
Frases de Nicolas Boileau-Despréaux
- Ama a quien te aconseje, no a quien te elogie.
- Antes de escribir, aprende a pensar.
- Cada edad tiene sus placeres, su razón y sus costumbres.
- El honor es una isla escarpada y sin riberas: el que ha caído de ella, no puede volver a subir.
- El más sabio es aquel que ni por lo más remoto piensa serlo.
- El tiempo huye y nos arrastra consigo. Este momento en que yo hablo se ha ido.
- Es poco ser poeta: hay que estar enamorado.
- Haceos con amigos dispuestos a censuraros.
- La ignorancia siempre está dispuesta a admirarse.
- La sabiduría es una tranquilidad del alma que por nada puede ser turbada y que ningún deseo inflama.
- La verdad nunca tiene un aspecto impetuoso.
- Lo verdadero puede a veces no ser verosímil.
- No hay cosa más hermosa que la verdad y sólo ella es amable.
- Prefiero la ignorancia a un saber afectado.
- Procuro ser siempre muy puntual, pues he observado que los defectos de una persona se reflejan muy vivamente en la memoria de quien la espera.
- Quien no sabe concentrarse, nunca sabrá escribir.
- Todos los hombres están locos y, pese a sus cuidados, sólo se diferencian en que unos están más locos que otros.
- Un necio encuentra siempre otro necio mayor que le admira.
- Volved a emprender veinte veces vuestra obra, pulidla sin cesar y volvedla a pulir.
Referencias: