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¿Quién fue Santo Tomas de Aquino?
Santo Tomás de Aquino, nacido alrededor de 1224 o 1225 en el castillo de Roccasecca, próximo a Aquino en el Reino de Sicilia, fue uno de los intelectuales más influyentes de la Edad Media y un pilar fundamental en la teología y filosofía escolástica. Sus padres eran los condes Landolfo y Teodora de Aquino.
Desde pequeño, Tomás mostró una profunda inclinación hacia la reflexión filosófica y teológica, destacándose por su intensa curiosidad en torno a las verdades de la fe y la naturaleza de Dios. A los catorce años fue enviado a Nápoles para estudiar artes liberales en la recién fundada universidad local, donde entró en contacto con la Orden de Predicadores, también conocida como los dominicos. Pese a la oposición de su familia, Tomás finalmente se integró a esta orden.
Su formación filosófica y teológica se consolidó en la Universidad de París y en la ciudad de Colonia bajo la tutela de Alberto Magno, quien influyó en su orientación hacia la filosofía aristotélica. Esta influencia fue vital para que Tomás desarrollara una síntesis entre la razón y la fe, aceptando y reinterpretando a Aristóteles dentro del marco cristiano, algo revolucionario para su tiempo. Durante su etapa como profesor en París plasmó sus contribuciones en obras clave como la “Summa Theologiae” y la “Summa contra Gentiles”.
En su obra magna, la “Summa Theologiae”, Santo Tomás propone una sistematización de la doctrina cristiana en la que combina argumentos filosóficos rigurosos con la revelación divina, destacando también sus famosas “cinco vías” para demostrar la existencia de Dios. Esto consolidó su posición como el principal defensor clásico de la teología natural y uno de los más destacados exponentes de la escolástica medieval. También redactó textos destinados a la apologética y la fundamentación racional de la fe católica, influyendo en la teología y el derecho canónico posteriores.
Santo Tomás de Aquino murió el 7 de marzo de 1274 en la Abadía de Fossanova. Fue canonizado en 1323, proclamado Doctor de la Iglesia en 1567, y declarado patrono de las universidades y centros educativos católicos en 1880.
Los límites de la fe y la razón
La ciencia, basada en la razón, no constituye necesariamente un obstáculo para la fe. Lo que la ciencia demanda es mantener separados los datos derivados de la fe de aquellos obtenidos por medio de la experiencia o del razonamiento matemático. Sin embargo, si los filósofos conciben el conocimiento como un acto de unificación, cómo sostener la existencia de dos verdades, la de la fe y la de la razón, cuando se considera que ambas son válidas, incluso si resultan contradictorias.
El propósito de Santo Tomás de Aquino es delimitar con precisión ambos ámbitos, demostrando su compatibilidad y definiendo los límites de la razón y de la fe. Para santo Tomás, el misterio de la Trinidad o el origen del mundo, sólo pueden alcanzarse por la vía de la fe, mientras que la lógica y la metafísica, pertenecen al dominio racional. La filosofía tomista representa un intento por aclarar tanto los límites de la fe como los de la razón, así como sus posibles puntos de encuentro.
Las ciencias humanas se sustentan en la razón y sólo avanzan hasta donde la razón nos permite, mientras que la teología tiene su origen en el conocimiento que Dios posee de sí mismo y, por tanto, constituye una ciencia revelada. La fe ofrece un saber directo y pleno; la razón, un saber indirecto y limitado, debido a la finitud de la razón humana.
El conocimiento basado en la razón debe comenzar con aquello más accesible al entendimiento humano: el mundo sensible. Las ideas se adquieren a través de la experiencia sensible. Para Santo Tomás de Aquino, la posibilidad de formular ideas abstractas proviene de que las cosas son entes reales, verdaderas sustancias individuales constituidas por la unión de forma y materia. El conocimiento se origina en la experiencia de esas sustancias concretas y, mediante la abstracción, logramos concebir nociones universales aplicables a todos los seres de una misma especie. Así, razonar consiste en comprender la unidad que subyace en la diversidad de los seres, en reconocer las cualidades comunes que permiten hablar de manera general sobre un tipo de realidad.
Para él, las realidades temporales, cambiantes y finitas no podían explicarse por sí mismas, pues revelaban su carácter de criaturas dependientes de un creador. Pero Santo Tomás no intenta deducir la existencia de las criaturas a partir de la existencia de Dios, sino que procede en sentido inverso, ascendiendo de los efectos a la causa, del ámbito sensible al inteligible.
Las cinco vías
El problema fundamental del pensamiento tomista es el de la existencia de Dios. Para Santo Tomás de Aquino, la existencia de Dios no es evidente por sí misma, como lo era para San Agustín o San Anselmo. Él considera que no se puede deducir la existencia de Dios a partir de ideas innatas o privilegiadas en la conciencia humana, sino que debe alcanzarse a través de fundamentos basados en la experiencia. De este modo surgen las cinco vías tomistas, que parten de hechos observables: el movimiento, la causalidad, la distinción entre lo contingente y lo necesario, los grados de perfección y el orden del mundo.
La primera vía, la del movimiento, concluye en la existencia de un primer motor, ya que no puede haber una serie infinita de seres movidos. La segunda, la de la causalidad, establece la necesidad de una primera causa que origine a las demás. La tercera, basada en la distinción entre lo contingente y lo necesario, muestra que los seres contingentes —que existen pero podrían no existir— no pueden explicarse por sí mismos y sólo cobran sentido mediante la existencia de un ser necesario: Dios. La cuarta vía, la de los grados de perfección, parte de la jerarquía observable en la naturaleza: desde la piedra hasta la planta, el animal y el hombre. La existencia de distintos grados de perfección implica, según santo Tomás, la referencia a un ser absolutamente perfecto que constituye el modelo de toda perfección: Dios. Finalmente, la quinta vía, la del orden del universo, muestra que incluso las criaturas sin conciencia —como plantas y animales— tienden hacia fines determinados. Dado que ellas mismas carecen de conocimiento o intención, su orientación finalista exige la existencia de una causa final consciente y suprema, que es Dios.
Examinadas con detenimiento, las pruebas muestran que Santo Tomás no pretende afirmar ni negar que el mundo haya tenido un comienzo. Lo que sostiene es que la creación no puede demostrarse racionalmente. Santo Tomás busca establecer que “en el universo actualmente dado, el movimiento actualmente dado sería ininteligible sin un motor primero que, en el presente, sea la fuente de todo movimiento”. La creación divina no es un acto ocurrido en un pasado remoto, sino una acción continua y necesaria en todo momento del devenir del mundo, de modo que Dios interviene constantemente en el curso de la realidad sensible. A diferencia de Aristóteles, que entendía a Dios como un motor inmóvil y ajeno al mundo, el Dios de Santo Tomás es un ser permanentemente vinculado a su creación.
Las vías tomistas muestran que los efectos remiten a una causa, que el mundo sensible conduce al inteligible y que la existencia parcial de los seres sólo cobra sentido al referirse a un ser absolutamente real: Dios.
Naturaleza divina, las vías negativa y atributiva
Santo Tomás sostiene que, a través de medios puramente racionales o naturales, el ser humano no puede alcanzar una idea completa de Dios. ¿Cómo podría un ser finito concebir de manera adecuada al ser infinito? Santo Tomás identifica dos vías que permiten aproximarse, aunque de modo limitado, a la naturaleza divina: la vía negativa y la vía atributiva.
Mediante la vía negativa el ser humano conoce lo que Dios no es. Si Dios es causa absoluta, necesaria, perfecta y fin último de todas las cosas, se concluye que no posee los rasgos de las criaturas imperfectas, y que es bondad suprema y poder absoluto. La otra vía atribuye a Dios todo lo que se considera perfecto, en este sentido Dios puede ser descrito como inteligencia suprema, voluntad perfecta y vida absoluta.
Para el pensamiento cristiano, la vida debe atribuirse a la divinidad, ya que sin ella Dios sería imperfecto y resultaría inconcebible la encarnación como acto de salvación. Santo Tomás, consciente de su distancia infinita respecto al Creador, se muestra siempre como un filósofo humilde, que nunca pretende poseer la palabra definitiva.
El mandato cristiano del amor
Santo Tomás, a diferencia de Aristóteles, afirma la inmortalidad del alma individual, es decir la inmortalidad de cada ser humano en particular. En la doctrina tomista, la costumbre puede entenderse como una “segunda naturaleza”. El hábito constituye el principio dinámico del alma: aquello que impulsa al ser humano a pasar de un estado a otro, configurando progresivamente su modo de ser. La personalidad es el resultado de múltiples estados o hábitos adquiridos a lo largo de la vida. Cuando los hábitos se orientan hacia el bien, el ser humano se vuelve virtuoso; cuando se apartan de él, cae en el vicio.
Algunas virtudes, como la sabiduría, orientan de manera constante hacia el bien. Esto está en consonancia con una de sus pruebas de la existencia de Dios: aquella en la que sostiene que todos los seres tienden hacia un fin, y que este fin es Dios mismo, el ser absolutamente perfecto y bueno. El hábito bien dirigido conduce a la sabiduría, la cual no es otra cosa que el conocimiento del bien. Según él, la virtud se realiza plenamente sólo cuando armoniza con el bien común. El ser humano es social por naturaleza porque está llamado a cumplir el mandato cristiano del amor.
Ley, propiedad privada y gobierno
Santo Tomás distingue dos tipos de leyes. La primera es la ley natural, derivada de la razón, que permite al ser humano participar en la ley divina. La segunda es la ley positiva, producto de la costumbre, el uso y la convención de cada pueblo o civilización. Si la ley natural representa el carácter común de toda sociedad humana, la ley positiva sería su personalidad particular. Esta última, cuando se orienta correctamente, puede coincidir con la ley natural, aunque dicha correspondencia no sea necesaria ni permanente.
Por ejemplo, en lo referente a la propiedad privada, Santo Tomás de Aquino adopta una postura moderada, propia de su contexto histórico, distinto al de los primeros Padres de la Iglesia. Santo Tomás establece una clara distinción entre el derecho natural y el derecho positivo. Desde la perspectiva del derecho natural —es decir, el derecho fundado en la razón—, la propiedad privada no tiene fundamento auténtico, ya que todo lo creado existe para el uso común de todos los hombres. Sin embargo, dentro del ámbito del derecho positivo, la costumbre ha consagrado la propiedad como una institución legítima. En este sentido, Santo Tomás considera buena la propiedad privada cuando surge de una convención racional entre los hombres y no degenera en abuso. Empero, para él, la propiedad privada tiene una utilidad práctica, puesto que si todo fuese común, nadie asumiría responsabilidad alguna. La existencia de propietarios garantiza la administración de los bienes, sólo quien posee algo se siente plenamente responsable de su cuidado. Pero Santo Tomás considera moralmente condenable la propiedad privada cuando se traduce en acumulaciones ilícitas o cuando el propietario actúa movido por el egoísmo y no orienta su riqueza al bien común.
Respecto al gobierno, Santo Tomás considera, como Aristóteles, que ningún Estado puede ser ideal. Es posible decir que Santo Tomás fue pensador democrático, en tanto concibe el poder político al servicio del pueblo. Sostiene que el pueblo tiene derecho a elegir a sus gobernantes y a sustituirlos si estos no actúan en beneficio de todos. Lo que más importa en el pensamiento tomista no es la forma de gobierno, sino la manera en que se ejerce el poder. Un buen gobernante se distingue por respetar la ley y los derechos de los ciudadanos, quienes, creados por Dios, son naturalmente libres.
Un gobierno ideal sería aquel en el que la ley humana coincidiera plenamente con la ley divina. La orientación hacia el bien último sólo es posible si se respeta la condición esencial de las criaturas racionales: la libertad. El gobierno no impone, sino que orienta; no somete, sino que promueve la libertad interior y racional del ser humano, en conformidad con la voluntad divina.
Frases de Santo Tomás de Aquino
- Es la paz la tranquilidad del orden, principalmente de la voluntad.
- El alma se conoce por sus actos.
- La ley es la prescripción de la razón, ordenada al bien común, dada por aquel que tiene a su cargo el cuidado de la comunidad.
- Justicia sin misericordia es crueldad y misericordia sin justicia genera disolución.
- La justicia es la firme y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo.
- La fe se refiere a cosas que no se ven, y la esperanza, a cosas que no están al alcance de la mano.
- Teme al hombre de un solo libro.
- Dios, que es acto puro y no tiene nada de potencialidad, tiene un poder activo infinito sobre las demás cosas.
- El estudioso es el que lleva a los demás a lo que él ha comprendido: la verdad.
- Los ángeles necesitan un cuerpo supuesto, no por ellos mismos sino por beneficio de nosotros.
- Justicia sin misericordia es crueldad.
- El amor no es una pasión, porque ninguna virtud es pasión y todo amor es virtud.
- El pecado ofende a Dios lo que perjudica al hombre.
Referencias:
- Xirau, R. (1998). Introducción a la historia de la filosofía. Universidad Nacional Autónoma de México.
- Tomás de Aquino – Wikipedia, la enciclopedia libre, (02/11/2025).
- Saint Thomas Aquinas | Biography, Books, Natural Law, Summa Theologica, Saint, Philosophy, & Facts | Britannica, (02/11/2025).