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Biografía de Robert Browning
Robert Browning nació en un tranquilo suburbio de Londres en 1812, en una familia donde el papá trabajaba como funcionario en el Banco de Inglaterra. Aunque sus estudios fueron bastante desordenados y solo duraron hasta la adolescencia, desde muy joven se enamoró de la poesía. Empezó escribiendo versos influenciado por los románticos como Percy Shelley y también un poco por Lord Byron, esos poetas que llenaban sus líneas de pasión y aventura. Su primer libro, Pauline, salió de forma anónima en 1833, pero fue con Paracelso en 1835 cuando empezó a ganar algo de atención. Ese poema dramático contaba la vida de un alquimista suizo del siglo XVI, y ahí Browning ya mostraba su gusto por meterse en la piel de personajes históricos o inventados.
Dos años después llegó Sordello en 1840, otro poema largo que seguía la línea de explorar situaciones y figuras del pasado. Browning prefería dejar que fueran los personajes los que contaran sus historias, como si estuviéramos escuchando a alguien confesar sus secretos en voz alta. Esa forma de escribir se convirtió en su gran sello personal: el monólogo dramático. Es como si el poeta se pusiera una máscara, se escondiera detrás de una voz ajena, ya sea un pintor renacentista, un duque celoso o un monje parlanchín, y dejara que esa persona hablara sola, revelando poco a poco sus pensamientos más profundos, sus contradicciones y hasta sus mentiras. Es un truco genial porque el lector tiene que leer entre líneas, como cuando un amigo te cuenta algo pero sospechas que hay más de lo que dice.
Browning consolidó su fama con la serie Campanas y granadas, que publicó entre 1841 y 1846. Y justo en esa época, en 1844, su vida dio un giro de película romántica. Conoció a la poetisa Elizabeth Barrett, que estaba enferma, recluida y bajo el control estricto de su padre, que era muy posesivo. Browning se enamoró de su poesía y de ella. Después de una intensa correspondencia, se casaron en secreto en 1846 y, rompiendo todas las reglas sociales de la época victoriana, se fugaron juntos a Italia. ¡Un escándalo! Dejaron Londres atrás y se instalaron primero en Pisa y luego en Florencia, en la famosa Casa Guidi, donde vivieron quince años felices y tranquilos. Ahí nació su único hijo, Robert Wiedeman Barrett Browning, al que todos llamaban cariñosamente “Pen”, quien más tarde se dedicaría a la pintura y la escultura.
En Italia, Browning siguió escribiendo a toda máquina. Publicó La Nochebuena y la Pascua en 1850 y, sobre todo, Hombres y mujeres en 1855, un libro lleno de poemas maravillosos donde usa personajes del Renacimiento italiano, como el fraile pintor Fra Filippo Lippi o el artista Andrea del Sarto, para reflexionar sobre el arte, la ambición y la vida cotidiana. En esos poemas, el hablante se dirige a alguien que no responde, pero nosotros, los lectores, somos los verdaderos oyentes y terminamos entendiendo mucho más de lo que el personaje pretende contar. Durante esos años también probó suerte en el teatro, aunque sin mucho éxito comercial, y produjo gran parte de su mejor poesía lírica.
En 1861, tras la muerte de Elizabeth en Florencia, Browning regresó a Londres con su hijo. Ahí siguió creando, publicó Dramatis personae en 1864 y, poco después, su obra más ambiciosa y considerada por muchos su obra maestra, El anillo y el libro (1868-1869). Esta es una composición enorme, de alrededor de 21000 versos, que cuenta un mismo crimen ocurrido en Italia en el siglo XVII desde los puntos de vista de diez personajes diferentes. Un suceso real y lo mirado a través de diez lentes distintos, cada uno ve la verdad de manera distinta, y el lector tiene que armar el rompecabezas. Es un ejercicio brillante.
Más tarde, en 1878, Browning volvió a Italia y allí publicó Idilios dramáticos (1879-1880) y su último libro, Asolando, que salió en 1889, el mismo año de su muerte en Venecia. También hizo buenas traducciones de clásicos griegos. Toda su carrera se desarrolló en pleno período victoriano, con el tiempo se le reconoció como uno de los grandes poetas ingleses del siglo XIX.
Lo más revolucionario de Browning fue precisamente cómo perfeccionó el monólogo dramático. En vez de que el poeta hablara en primera persona sobre sus propios sentimientos, como solían hacer muchos románticos, él creaba voces vivas, llenas de matices, que parecían personas de carne y hueso, a veces cínicas, a veces apasionadas, a veces contradictorias. Esas máscaras le permitían explorar la psicología humana desde muchos ángulos, contrastando opiniones y enriqueciendo la forma en que entendemos la existencia. Esa técnica fue tan poderosa que influyó en poetas del siglo XX como T.S. Eliot y Ezra Pound, quienes también jugaron con voces y perspectivas múltiples en su propia obra.
Browning fue un innovador que transformó la poesía en un escenario donde diferentes personajes actuaban y hablaban, invitándonos a nosotros a escuchar con atención y a pensar. Su vida, con esa fuga romántica a Italia al lado de Elizabeth, sus años felices en Florencia y su regreso a Londres, fue tan intensa como sus versos. Y aunque sus poemas a veces pueden parecer densos al principio, una vez que entras en ellos, es como platicar con gente fascinante del pasado que todavía tiene mucho que decirnos hoy.
Frases de Robert Browning
- ¡Dios está en el cielo, no te preocupes mundo!
- Ama un solo día y el mundo habrá cambiado.
- Cuando la lucha de un hombre comienza dentro de sí, ese hombre vale algo.
- El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla.
- El que tiene siempre ante sus ojos un fin hace que todas las cosas le ayuden a conseguirlo.
- La culpa la tiene sólo el tiempo. Todos los hombres se tornan buenos, pero ¡tan despacio!
- La meta, si se alcanza o no, hace grandiosa la vida; trata de ser Shakespeare, y deja lo demás al destino.
- Los niños usan los puños hasta que alcanzan la edad en que pueden usar el cerebro.
- Un momento de éxito compensa el fracaso de años.
- Yo sostengo que un hombre ha de luchar hasta el final, por el precio en que ha fijado su vida.
Referencias: